Cuando Sanar Se Convierte En Otra Forma De Seguir Buscando
Updated: Oct 12
Llega un punto en el que otra ceremonia, otra medicina y otra activación quizás no sean la respuesta.
Hay algo que llevo un tiempo observando en la comunidad espiritual y de sanación.
Tenemos más herramientas que nunca.
Ceremonias. Medicinas ancestrales. Tarot. Constelaciones. Trabajo energético. Trauma del niño interior. Manifestación. Breathwork. Light language. Activaciones. Entrenamientos. Iniciaciones. Regulación del sistema nervioso. Enseñanzas ancestrales mezcladas con neurociencia, psicología y cualquier nuevo vocabulario espiritual que los humanos logremos inventar antes del almuerzo.
Y de alguna manera, teniendo acceso a más herramientas que nunca, también veo a muchas personas cada vez más confundidas.
Creo que vale la pena hablar de eso.
Y antes de que alguien empiece a invocar a sus ancestros en mi contra, no estoy diciendo que estas prácticas estén mal.
Trabajo con energía y facilito prácticas con medicinas ancestrales a tiempo completo.
Creo profundamente en este trabajo porque he experimentado su impacto de primera mano en mi propia vida. Esa experiencia es una gran parte de por qué decidí dedicarme profesionalmente a esto, y desde entonces también he sido testigo de cambios profundos y significativos en la vida de las personas a las que he acompañado.
Pero hay una pregunta a la que sigo regresando:
¿Todas estas prácticas realmente nos están ayudando a ser personas más claras, más grounded y más completas?
¿O algunos simplemente nos hemos vuelto muy buenos teniendo experiencias espirituales?
Porque no es lo mismo.
La sanación también puede convertirse en consumo
Llega un punto en el que sanar puede convertirse en otra forma de consumir.
Otra ceremonia.
Otra lectura.
Otra medicina.
Otro entrenamiento.
Otra iniciación.
Otra activación.
Otra experiencia mística.
Y seeguimos añadiendo.
Y como muchas de estas experiencias pueden sentirse profundas, emocionales, expansivas o completamente transformadoras en el momento, es fácil asumir que más necesariamente significa más profundo.
Pero más no siempre significa más profundo.
A veces más simplemente significa...más.
Puedes sentarte en ceremonia tras ceremonia.
Puedes recibir medicina por ojo, boca y nariz, o cualquier otra ruta creativa que a la humanidad se le ocurra próximamente.
Puedes coleccionar certificaciones, entrenamientos, iniciaciones y experiencias espirituales como si fueran cartas de Pokémon.
Y todavía estar evitándote a ti mismo.
Esa es la parte incómoda.
Porque sin integración, una experiencia puede quedarse exactamente en eso:
una experiencia.
La integración es lo que convierte una revelación en un cambio.
Lo sé porque yo también he estado ahí
No estoy escribiendo esto mirando desde afuera.
He pasado años haciendo trabajo interno.
Ceremonias. Medicinas. Entrenamientos. Dietas. Trabajo energético. Maestros. Tradiciones. Diferentes prácticas.
Muchas de esas experiencias han sido profundamente significativas para mí.
Algunas me cambiaron.
Algunas abrieron cosas que necesitaba ver.
Otras me ayudaron a entender partes de mí que llevaba años evitando.
Pero eventualmente la vida me obligó a parar.
Y el silencio tiene la irritante costumbre de enseñarte todo aquello que tanta actividad te estaba ayudando a evitar.
En esa quietud entendí algo incómodo:
Había hecho muchísimo trabajo. Pero todavía había cosas con las que no me había sentado el tiempo suficiente para integrarlas realmente.
Y esa diferencia importa.
Tener una revelación no es lo mismo que encarnarla.
Entender tu patrón no es lo mismo que cambiarlo.
Ver claramente una herida durante una ceremonia no significa automáticamente que vas a reaccionar diferente la próxima vez que alguien toque esa herida en la vida real.
La experiencia puede mostrarte algo.
Después la vida pregunta:
¿Y ahora qué vas a hacer con eso?
Ahí es donde el trabajo cambia.
La integración es mucho menos glamorosa
La integración muchas veces ni siquiera parece espiritual.
Puede que no haya música.
Ni altar.
Ni medicina.
Ni facilitador.
Ni un breakthrough dramático.
Ni una playlist de musica sagrada sonando suavemente mientras alguien te susurra que tus ancestros están orgullosos de ti.
A veces integrar simplemente significa sentarte en silencio contigo mismo cuando cada parte de ti quiere distraerse.
Y eso puede ser de las cosas más difíciles que hacemos porque, para muchos de nosotros, sentarnos realmente con nosotros mismos es exactamente lo que llevamos años evitando.
La integración ocurre mientras vives.
En tus relaciones.
En los conflictos.
En las decepciones.
En las decisiones que tomas cuando nadie te está mirando.
En los límites que finalmente sostienes.
En poder observar tu propio comportamiento sin inventarle inmediatamente una explicación espiritual.
En pedir disculpas.
En cambiar.
En aprender a tolerar la incomodidad sin necesitar otra experiencia para escapar de ella.
A veces la enseñanza espiritual no es tan complicada.
A veces estabas equivocado.
A veces tienes que pedir perdón.
A veces esa relación simplemente no es saludable.
A veces estás cansado.
No toda emoción incómoda necesita una ceremonia, un corte de cordones, tres cartas del oráculo y un mensaje de Sirius.
A veces simplemente tienes que lidiar con lo que realmente está pasando.
Eso también es integración.
Quizás vinimos aquí a ser humanos
Hay una contradicción que sigo viendo en la espiritualidad moderna.
Hablamos constantemente de embodiment mientras al mismo tiempo tratamos de trascender prácticamente todo lo relacionado con estar encarnados.
Escapar del ego.
Escapar de la 3D.
Llegar a la 5D.
Ascender.
Trascender.
Desapegarnos.
Mover nuestra frecuencia.
Mudarnos espiritualmente a Plutón si hace falta.
Pero en algún momento empecé a preguntarme:
¿Cuál es el punto de venir a tener una experiencia humana si vamos a pasar la mayor parte de ella intentando escapar de ser humanos?
Para eso nos hubiéramos quedado dondequiera que creamos que estábamos antes.
Quizás la invitación no es escapar de esta experiencia.
Quizás es estar completamente presentes dentro de ella.
Grounded. Presentes. Humanos.
Incluso muchas de las enseñanzas atribuidas a Jesús eran sorprendentemente prácticas en ese sentido.
Hoy escuchamos muchas veces esas enseñanzas reinterpretadas a través de conceptos como Christ consciousness, conciencia superior o despertar espiritual.
Podemos llamarlo como queramos, pero yo sigo regresando a algo mucho más sencillo:
Jesús no estaba tratando de enseñarle a la gente cómo largarse del planeta.
Estaba enseñándoles cómo vivir mientras estaban aquí.
Ama a tu prójimo.
Perdona.
Sirve.
Cuida de los demás.
Presta atención a los frutos que está produciendo tu vida.
Hay algo profundamente encarnado en eso.
No escapar de la experiencia humana.
Aprender a vivir de otra manera dentro de ella.
En algún momento, la espiritualidad tiene que tocar tierra.
Porque si no...
¿qué exactamente es lo que estamos elevando?
Cuando la espiritualidad se convierte en identidad
Otra cosa que he estado observando es lo fácil que la espiritualidad puede convertirse en una identidad.
En lugar de utilizar las prácticas para conocernos mejor, empezamos a utilizarlas para definir quiénes somos.
Y empiezan a acumularse los títulos.
Healer.
Shaman.
Priestess.
Medicine woman.
Channel.
Mystic.
Lightworker.
Oracle.
Child of Christ.
Divine feminine/masculine.
Y a veces seis meses después la identidad cambió completamente.
Hoy somos devotos hijos de Cristo.
Mañana recibimos una nueva activación.
Y para el viernes, aparentemente, ya abrimos SpiritFans.
Cambiar no es el problema.
Explorar tampoco.
Las personas evolucionamos.
Nuestras creencias cambian.
Aprendemos.
Experimentamos.
A veces descubrimos que algo ya no encaja con nosotros y seguimos adelante.
Eso es normal.
La pregunta es si nuestra identidad está evolucionando desde una integración genuina o simplemente se está pegando a lo que en ese momento nos hace sentir especiales, emocionados, significativos o validados.
Si cada nuevo maestro, práctica o experiencia requiere convertirte en una persona completamente nueva, quizás en algún momento vale la pena preguntar:
¿Quién soy debajo de todas estas identidades?
Porque la espiritualidad debería ayudarte a conocerte con mayor profundidad.
No obligarte a estrenar un personaje nuevo cada temporada.
Intensidad no es transformación
En las comunidades espirituales también podemos darle muchísimo valor a la intensidad.
La purga enorme.
Los temblores.
El llanto.
Las visiones.
La disolución del ego.
La experiencia mística.
La medicina que te desarmó completamente.
Todas esas experiencias pueden ser profundamente significativas.
Pero intensidad no es transformación.
La transformación es lo que ocurre después.
¿Te comunicas diferente?
¿Reconoces tus proyecciones más rápido?
¿Puedes asumir responsabilidad por ti mismo?
¿Has dejado de repetir el mismo patrón dañino?
¿Puedes tener una conversación difícil sin convertirla en una guerra espiritual?
¿Puedes mantenerte grounded cuando alguien no está de acuerdo contigo?
¿Puedes vivir lo que experimentaste?
Eso me interesa mucho más que cuán dramática fue la ceremonia.
Una experiencia enorme puede ocurrir en seis horas.
Encarnarla puede tomar años.
Esa parte no queda tan bonita en Instagram.
También resulta ser la parte que importa.
Esto importa todavía más cuando facilitamos a otros
Esta conversación aplica a todos.
Pero creo que merece todavía más atención entre quienes facilitamos procesos para otras personas.
Porque cuando alguien confía en nosotros partes vulnerables de sí mismo, nuestra propia relación con la sanación, nuestra identidad y nuestra necesidad de validación importan.
No hay nada malo en seguir explorando.
No hay nada malo en continuar aprendiendo, entrenándonos o trabajando con diferentes medicinas.
Crecer no significa dejar de tener experiencias nuevas.
La mejor pregunta es:
¿Por qué estoy buscando la próxima?
¿Hay una intención genuina detrás?
¿Curiosidad?
¿Aprendizaje?
¿Una razón clara para explorar algo nuevo?
¿O he empezado a necesitar la próxima ceremonia, iniciación, medicina o experiencia intensa simplemente para sentirme conectado, importante o espiritualmente vivo?
Son cosas muy diferentes.
Como facilitadores, deberíamos poder hacernos preguntas incómodas.
No porque tengamos que ser perfectos.
Definitivamente no.
Los facilitadores también somos humanos.
Tenemos derecho a cambiar.
A explorar.
A seguir aprendiendo.
Podemos ser sensuales, graciosos, desordenados, seguros, sexuales, célibes, callados, ruidosos, serios o ridículos.
La espiritualidad no debería exigirnos borrar nuestra humanidad.
Pero existe una diferencia entre expresarte auténticamente y estar constantemente interpretando un personaje para recibir validación.
Y cuando trabajamos con personas vulnerables, esa diferencia importa.
Porque aquello que normalizamos en nuestra propia relación con la sanación puede convertirse silenciosamente en lo que modelamos para otros.
La espiritualidad debería fortalecer tu discernimiento
Una de las cosas que más valoro ahora es el discernimiento.
Una práctica espiritual debería ayudarnos a confiar más en nosotros mismos.
No hacernos cada vez más dependientes de otra persona para interpretar cada emoción, coincidencia, relación o intuición por nosotros.
En qué energía estamos.
Qué nos está tratando de decir el universo.
Si esa relación estaba destinada.
De qué color está nuestra aura hoy.
La guía puede ser útil.
Los maestros pueden ser útiles.
Las lecturas pueden ser útiles.
Las medicinas pueden ser útiles.
Pero eventualmente algo también debería estar desarrollándose dentro de nosotros.
Nuestra propia capacidad de observar.
De cuestionar.
De sentir.
De decidir.
De reconocer cuándo algo resuena y cuándo no.
De poder decir:
“Todavía no lo sé.”
Y de alguna manera sobrevivir sin entregarle inmediatamente la respuesta a otra persona.
No toda coincidencia es una transmisión cósmica o una sincronicidad.
A veces simplemente pasó lo mismo dos veces el mismo martes.
El discernimiento no nos hace menos espirituales.
Nos hace más difíciles de manipular.
Y eso importa.
A veces lo valiente es parar
Existe cierto tipo de valentía en buscar experiencias intensas.
Lo entiendo.
Pero creo que hay otro tipo de valentía de la que no se habla.
La valentía de parar cuando parar es lo que necesitas.
De no buscar inmediatamente otra medicina.
De no perseguir la experiencia más potente disponible simplemente porque es más potente.
De no asumir que una ceremonia más finalmente va a entregarte la respuesta que llevas tiempo evitando encontrar dentro de ti.
A veces lo valiente es sentarte con lo que ya se te mostró, el tiempo suficiente para que se vuelva parte de tu vida.
Para que esa comprensión llegue a tus relaciones, tus decisiones, tus hábitos y tu sistema nervioso.
Para que la enseñanza se convierta en algo que realmente vives.
Y cuando eventualmente otra experiencia te llame, puedes llegar a ella desde la intención y no desde el hambre.
Hay una diferencia entre continuar el camino y necesitar constantemente otra experiencia para volver a sentirte conectado, expandido o vivo.
El objetivo no es ser más espiritual
No creo que necesitemos menos prácticas espirituales.
Creo que quizás necesitamos relacionarnos de otra manera con ellas.
Estas prácticas pueden abrir puertas.
Las medicinas pueden mostrarnos cosas.
Los maestros pueden ofrecernos perspectiva.
Las ceremonias pueden crear experiencias profundamente significativas.
El trabajo energético puede cambiar la manera en que sentimos y nos relacionamos con nosotros mismos.
Pero ninguna de esas cosas puede vivir nuestra vida por nosotros.
En algún momento tenemos que salir de la ceremonia.
Alejarnos del altar.
Cerrar las cartas del tarot.
Terminar el entrenamiento.
Bajar de la montaña.
Y vivir.
El objetivo no es volvernos más espirituales.
El objetivo es volvernos más completos.
Más grounded.
Con mayor discernimiento.
Más responsables.
Más capaces de confiar en nosotros mismos.
Más capaces de amar.
Más capaces de vivir con honestidad.
Y más capaces de encarnar en nuestra vida cotidiana lo que todas esas medicinas, ceremonias, maestros y experiencias nos estuvieron mostrando desde el principio.
Porque eventualmente...la integración se convierte en la ceremonia.




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